miércoles, 29 de octubre de 2014

Para ser humano


1.   Recibirás un cuerpo.
Podrá gustarte o podrás aborrecerlo, pero será tuyo durante todo el período que estés aquí.

2.- Aprendizaje Permanente.
Estás inscrito en una escuela informal de tiempo completo llamada Vida. No menosprecies las lecciones porque te parezcan desagradables o simples.


3.- No hay errores, sólo aprendizajes.
El crecimiento es un proceso de ensayo y error, de experimentación. Los experimentos fallidos son una parte tan importante del proceso como el experimento que acaba de “funcionar”.

4.- Una lección se repite hasta que se aprende.
Cada lección te será presentada en diversas formas hasta que la hayas aprendido. Ya que la hayas aprendido, podrás pasar a la siguiente lección.

5.-  El ayer y el mañana no existen, sólo están en ti como recuerdo y experiencia.
El presente es el instante que vives, es la única realidad. Vive consciente del momento sin escapar al pasado o al futuro.
Lo que quieras hacer con la experiencia es tu decisión. Puedes vivir dolido o agradecido en constante actualización.

6.- El “allá” no es mejor que el aquí”.
Cuando tu “allá” se haya convertido en un “aquí”, simplemente habrás obtenido otro “allá”  que otra vez se verá mejor que el “aquí”. 

7.- Los demás son tan sólo espejos de ti.
No puedes amar u odiar algo referente a otra persona a menos que refleje algo que amas u odias, referente a ti mismo.

8.- De ti depende lo que hagas con tu vida.
Tienes todas las herramientas y recursos que necesitas. De ti depende lo que hagas con ellos. La decisión es tuya.
Puedes vivir dolido o agradecido en constante actualización.

9.- Tus respuestas se encuentran en tu interior.
Las respuestas a las preguntas de la vida se encuentran en tu interior. Todo lo que necesitas hacer es mirar, escuchar y confiar en tu sabiduría.

10.- Olvidarás todo esto.

Fuente: Anónimo

domingo, 26 de octubre de 2014

Congruencia


Era una tarde de sábado soleada en Oklahoma City. Mi amigo Boby Lewis, un orgulloso padre, llevaba a sus hijos a jugar golfito. Se acercó al muchacho de la taquilla y preguntó:

“¿Cuánto cuesta la entrada?”

El joven respondió:

Tres dólares por usted y tres dólares por cualquier niño mayor de seis años. Los de seis para abajo entran gratis. ¿Cuántos años tienen?

“El abogado tiene tres y el doctor siete, así que supongo que le debo seis dólares” -contestó Boby-.
El taquillero dijo:

“Oiga, señor, ¿se acaba de sacar la lotería o algo así? Podría haberse ahorrado tres dólares. Me podría haber dicho que el mayor tenía seis; yo no habría notado la diferencia”.

“Sí, puede ser, pero los niños sí habrían notado la diferencia, -replicó Boby-.

Dijo Ralph Waldo Emerson, “quien eres habla tan fuerte que no puedo oír lo que dices”.

sábado, 25 de octubre de 2014

Autoestima


Un niño, fue oído por casualidad hablando solo, mientras caminaba a zancadas por su patio trasero, con la cachucha de béisbol puesta y cargando la bola y el bate. 

---Soy el mejor jugador de béisbol del mundo ---dijo con orgullo. Luego arrojó la pelota al aire, bateó y falló. Impávido, recogió la bola, la lanzó al aire, y murmuró para sus adentros:

--- ¡Soy el mejor jugador que haya habido jamás!

De nuevo trató de batear la bola y de nuevo falló. Hizo una pausa para examinar cuidadosamente el bate y la pelota. Luego lanzó la pelota al aire una vez más y afirmó:

--- ¡Soy el mejor jugador de béisbol que jamás haya existido!
Blandió el bate y de nuevo falló la bola.

--- ¡Guau! ---exclamó---.  ¡Qué buen lanzador soy!

jueves, 23 de octubre de 2014

El cielo y el infierno


Cuenta la leyenda que el más sabio de los sabios de los monjes de un lejano país, cansado de los honores de su cargo, decidió prescindir de todo boato y salir en peregrinación. Escapó de noche del monasterio, vestido con pobres ropajes, un bastón y una bolsa por todo equipaje. Y asi, viajando solo, recorría libre los caminos hacia su destino; atrás quedaba su fama de ser el hombre más sabio y el más amoroso maestro. 
Un día hizo un alto en el claro de un profundo bosque; allí se sentó y pronto quedó sumido en el infinito silencio de su mundo interior, ajeno a todo lo que le rodeaba. Y así quedó, con los ojos cerrados, las piernas cruzadas y las manos apoyadas en las rodillas, en posición de flor de loto, en actitud de profunda meditación. 
Su venerable aspecto movía al respeto y la contemplación. 
Pero, de repente, irrumpió en el claro la voz áspera y exigente de un guerrero que gritaba: 
- ¡Anciano, despierta! ¡Tú que eres sabio y conoces el más allá, enséñame acerca del cielo y del infierno! ¿Existen realmente? ¿Cuál será mi destino? 
A pesar de la voz destempleda y la violencia de las palabras, el anciano continuó en silencio, con los ojos cerrados, como si nada hubiera oído. No hubo respuesta al griterío. 
Mientras, el guerrero, que seguía de pie frente al monje, impaciente, empezó a mostrarse más y más nervioso a cada instante que pasaba sin que aquel anciano diera señal de haberlo escuchado. Mas al cabo, poco a poco, el hombre sabio empezó a entreabrir los ojos, al tiempo que una débil insinuación de sonrisa se asomaba entre las comisuras de sus labios. 
El monje contempló en silencio al guerrero, evaluando con ojos brillantes de conocimiento su cara y ropajes, cada detalle de su indumentaria y su expresión, y lo hacía como si alcanzara el más profundo secreto del corazón de aquel hombre. Y súbitamente, con voz profunda, ronca y llena de vigor exclamó: 
- Dices que quieres conocer los secretos del cielo y el infierno, pero ¿quién eres tu para interpelarme sobre estas cuestiones? ¿Quién eres en realidad? Obsérvate, ¿cuál es tu actividad? ¿Cuál es el propósito de tu vida? No sabes responder a estas preguntas, siquiera habían pasado por tu mente hasta ahora. Sólo sabes matar, agredir, eres rehén de tu violencia y de tu ira. Esclavo del poder, tienes las manos manchadas con sangre inocente. Eres un asesino, un monstruo al servicio de cualquiera que te pague. Careces de voluntad propia, de honor... ¿Y tú te atreves a dirigirte a mí para preguntarme por el cielo y el infierno? 
El guerrero sintió cómo la ira crecía en su interior y surgía de forma arrolladora. Y mientras profería una maldición terrible sacó su espada y la alzó con rabia sobre su cabeza. Mientras así se preparaba para decapitar al monje, en fracciones de segundo en su mente resonaron sus palabras y se sucedieron las terribles imágenes de su pasado, todas ellas repletas de batallas, muertes y violencia, de sangre y saqueos, de terror y desesperación... toda su vida desfiló ante sus ojos para poner de manifiesto que no tenía sentido. 
- Esto es el infierno -dijo entonces el anciano monje, mientras la espada amenazadora, comenzaba a bajar. 
En esa fracción de segundo, el guerrero comprendió y se sintió abrumado por un temor reverencial, por una compasión y un amor extraordinario hacia aquel amable monje, hacia aquel ser humano que, sin conocerle, arriesgaba su propia vida para enseñarle su auténtica naturaleza de forma tan directa y práctica. 
Detuvo por fin la espada apenas a unos milímetros de la cabeza del anciano. Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas de agradecimiento por lo sucedido, por los intensos sentimientos de alivio y liberación que sucedían en su interior, por las imágenes de un futuro diferente, lleno de paz y libertad. 
Y en ese instante pudo escuchar la voz llena de sabiduría y amor del monje, que con gran dulzura le susurraba: 
- Y esto es el cielo. 
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* Tomado de: Frederic Solergibert, Lo que no se ve, Ediciones Urano, 2000.

lunes, 20 de octubre de 2014

Un mar de confusiones

Un navío de guerra de la armada ateniense erraba perdido en el mar, lejos de tierra firme. Y dado el hecho de que esto sucedía durante el período culminante de la democracia ateniense, hace tan sólo unos 2,400 años, no había ninguna razón en absoluto que pudiera justificar semejante extravío. El ser humano llevaba siglos navegando ayudándose del Sol y las estrellas.
Ahora bien, este navío había decidido guiarse por las normas de la política en curso (la democracia) y no por las costumbres del mar. El capitán había celebrado una larga asamblea con su tripulación antes de abandonar el puerto, y al cabo de interminables discusiones en las que se escuchó absolutamente a todo el mundo, al margen de lo que valiera o no la pena lo que tuviera que decir, habían votado por mayoría que todas las decisiones relativas al funcionamiento del navío habrían de tomarse colectivamente.
Y ahora estaban totalmente perdidos. Pero a bordo iba también un hombre que casualmente era un excelente navegante. Sabía exactamente cuál era la posición del navío, y cómo llegar al abrigo de la tierra donde podrían encontrar agua y comida. Pero nadie quería escucharle. La cultura prevaleciente entre la tripulación desaprobaba la excelencia individual.
Pero la situación era desesperada. El capitán convocó a una nueva asamblea para decidir qué línea de acción habían de tomar. Muchos marineros y soldados tomaron la palabra. El navegante se esforzó por exponer sus ideas. A pesar de sobresalir en lo referente a las cartas de navegación y la orientación por los astros, era un tanto torpe a la hora de expresarse -las palabras no le venían con facilidad- y disfrutaba de pocos amigos y aliados entre la tripulación. El debate lo dirigía un orador meloso, el más carismático y persuasivo imaginable, que decía exactamente lo que la tripulación quería oír, pero no sabía absolutamente nada de navegación.
De modo que siguieron perdidos y finalmente murieron de hambre. Valoraron más la ignorancia colectiva que el conocimiento especializado. Valoraron más las palabras dulces y lisonjeras que la competencia y la integridad. Estaba influenciados por las apariencias externas más que por la sabiduría interior.

Relato adaptado de La República, de Platón

Más magia de la metáfora, pp. 127-128 

viernes, 17 de octubre de 2014

Para escuchar hay que salir de la mente


Es habitual que mientras escuchamos a alquién, a la vez estamos en nuestra mente buscando referencias o respuestas a lo que estamos escuchando. La otra persona deja de tener nuestra atención y es probable que se nos escapan detalles de lo que dice … ya que estamos “en otro lado”. ¿Te ha pasado a ti alguna vez?

Tiene muchas ventajas escuchar de otra manera y centrarse completamente en la otra persona. Aprenderás más de otras personas y a la vez forjarás relaciones más profundas. ¡Y claro! … también vivirás así el momento y habrás introducido menos prisa en tu vida.
Para ilustrar y enriquecer esta reflexión compartimos un fragmento sobre el pianista Vladimir Horowitz del libro “El despertar del zen en occidente” de Philip Kapleau.

Fragmento sobre el pianista Vladimir Horowitz
El pianista Vladimir Horowitz cuenta sobre una vez que tocó una composición contemporánea disonante para un auditorio privado.
Cuando hubo terminado, alquien le preguntó:
- No logro entender el sentido de esta composición, Mr. Horowitz. ¿Podría explicarlo, por favor?
Sin proferir una palabra, Horowitz tocó de nuevo la composición.
Mientras miraba a quien había hecho la pregunta y le decía:
- ¡Eso es lo que significa!


martes, 14 de octubre de 2014

Los horrores del Terapeuta

- ¿Cómo elegir un terapeuta?
Suponga que usted va a realizar un viaje y no desea manejar. Para ello contrata los servicios de un chofer…

La persona que acude a la terapia es una persona que busca ayuda, tiene una necesidad.
La persona tiene temores: Que el terapeuta no sea profesional, que no le inspire confianza o no le parezca responsable, ¿que le haga “click”?, que sea agradable, que esté capacitado, que cuente con experiencia, que cuente con las herramientas adecuadas, que sepa contener las ambigüedades de los seres humanos, que escuche y respete las necesidades y decisiones de la persona, que sepa terminar un trayecto terapéutico. Expectativas todas ellas conscientes que acompañan a otras no conscientes, que van a determinar la formación del vínculo terapéutico y con ello, gran parte del éxito de la terapia.

¿Se puede garantizar que el terapeuta elegido no cometa errores? Imposible.
¿Qué hacer con los errores? Se pueden convertir en lecciones, si se detectan, se asumen y se reparan.
Con frecuencia no es fácil detectar el error. Se necesita del “otro” que señale, verbal o no verbalmente, que determinada conducta no fue adecuada, o “viable”. (Desde la posición constructivista de Ernst von Glaserfeld, es imposible que nuestras percepciones sean idénticas a los objetos del medio ambiente -no podemos conocer el mundo-, y lo que interesa es que “encajen” lo suficiente para asegurar la supervivencia -evitar los choques con los límites-; ni siquiera habla de adaptación).

Si partimos de un punto de vista intersubjetivo, el error no es nada más una conducta de un sujeto. Se construye en la interacción de dos o más personas en un contexto de significados. Esto nos explicaría por qué una misma conducta en un contexto determinado es vivida como error y en otro contexto, la misma conducta, del mismo sujeto, resulta “viable” y no es vivida con la carga emocional del error o aún más, del horror.

Cualquier error en la psicoterapia, como la ignorancia, ingenuidad, omnipotencia, arrogancia, inseguridad, crítica severa, inexperiencia, puede convertirse en horror si es llevado al exceso y no cumple con el requisito de ser detectado -observado y aceptado- y asumido por quien lo comete -en vez de proyectarlo-. También pueden convertirse en aprendizajes siempre y cuando ambas partes propicien el tiempo y el espacio para metacomunicar sobre lo sucedido. “Si reconoces el error frente al paciente, éste generalmente te perdona”.

Hay una línea delgada que separa lo placentero, agradable, bello y afortunado de lo displicente, desagradable, feo y desafortunado. Es relativamente fácil traspasarla aun sin darnos cuenta, sin haberlo planeado y sin desearlo. Los horrores tienen que ver con perder la línea, perder el eje, perder el pivote, salirse de la carretera…Los horrores tienen que ver con seguir rígidamente la misma línea, convencido de tener “la razón”, no observar las señales en el camino, atropellar, arrollar, frenar con brusquedad y provocar accidentes, llevar a la persona por caminos que no quiere ir. Tienen que ver con el abuso de la fuerza, del poder y la posición. Los horrores tienen que ver con situaciones extremas, con excesos, el mal gusto, faltas a los códigos éticos, aberraciones, contradicciones severas, rigidez y sobre todo con la incongruencia. Por ejemplo:
- El terapeuta aprovecha la relación terapéutica para establecer vínculos eróticos con los consultantes, incluyendo el caso de menores de edad.
- El terapeuta que aprovecha la situación política, económica o social del consultante para su propio beneficio, como pedirle dinero prestado o pedir u otorgar favores de tipo político o económico.
- El terapeuta que mantiene a un consultante en tratamiento para satisfacer sus necesidades personales económicas o para obtener gratificaciones narcisistas, aun cuando ya no estuviera indicada una terapia; así, ejerce presión sonde el consultante, abusa del poder y evita que el consultante pueda terminar un tratamiento.
- El terapeuta que viola la confidencialidad y proporciona información obtenida en psicoterapia a terceros que no deberían poseerla.
- El terapeuta que constantemente invalida, descalifica y no cree las historias del consultante.
- El que se dice terapeuta y sin la formación ni entrenamiento adecuados, ofrece servicios a la población anunciándose como “sanador”.
- El terapeuta que con el propósito de incrementar su clientela ofrece un tipo de tratamiento para el que no está calificado.
- El terapeuta que quiere “colonizar” al consultante, imponiéndole de modo sutil su ideología y sus valores.
- El terapeuta cuya vida personal contradice lo que implícitamente el consultante percibe que se espera de él en el proceso terapéutico, como el autocuidado, autonomía, libre expresión de ideas y sentimientos, enfrentamiento de los conflictos, congruencia personal, etc.

El Desgaste del Terapeuta
El término inglés “burnout”, según Söderfeld y colabs. (1995), corresponde a la fatiga, frustración, estrés, impotencia, desesperanza, cinismo y el sentirse emocionalmente drenado, exhausto y rebasado.
Christine Maslach (1981, 1997) define el síndrome como: “El burnout es el índice de dislocación entre lo que la gente es y lo que tiene que hacer. Representa una erosión en valores, dignidad, espíritu y voluntad -una erosión del alma humana”- (Skovholt, 108, 2001).
Skovholt (2001) hace una diferencia entre dos tipos de burnout: por pérdida del significado (o sentido) o por exceso de involucramiento en el cuidado del consultante. Ambos constituyen realidades destructivas en cuanto significan el fin del involucramiento activo y de la competencia práctica.
Enumera seis fuentes de burnout y seis maneras de prevenirlo (107, 2011):
1. Sobrecarga de trabajo vs. Carga de trabajo adecuado.
2. Falta de control vs. Sentimientos de elección y control.
3. Reconocimiento insuficiente vs. Reconocimiento y recompensa.
4. Falta de apoyo comunitario vs. Sentimiento de comunidad.
5. Injusticia y desigualdad vs. Justicia, respeto e igualdad.
6. Conflicto significativo de valores vs. Trabajo significativo y valioso.

Ante este fenómeno surgen ciertos cuestionamientos:
¿Cómo es que una labor gratificante para el terapeuta se convierte en fuente de insatisfacción y de estrés?
¿Es el tipo de trabajo que implica emociones intensas -miedo, sufrimiento, muerte, ansiedad, incertidumbre- y donde es imposible no sentir?
¿Es el dilema de decir “sí” -a pesar del cansancio- o decir “no” -corriendo el riesgo de sentirse culpable- ante la demanda del paciente?
¿Son el vínculo empático, el involucramiento activo y la separación necesaria -ingredientes de todo proceso terapéutico- los que drenan y desgastan al terapeuta, aunque al mismo tiempo sean también una fuente de gratificación?
En la relación intersubjetiva donde se manejan constantemente las proyecciones, ¿hay el riesgo de que en un descuido, el terapeuta proyecte lo suyo en el consultante?
¿Es el estilo de vida del terapeuta, su deficiente calidad de vida, el momento del ciclo de vida en que se encuentra, sus problemas personales o un estado de salud precario?
¿Son las condiciones de trabajo, los horarios sobrecargados, el exceso de responsabilidad, las presiones de tiempo, las presiones laborales institucionales?

Podemos pensar que son varias las causas, en un momento delicado, lo que sirve de detonador del síndrome.
¿Y que tal si también influye el rol de “sanador” o “salvador” frecuentemente asumido por el terapeuta?

El terapeuta como “salvador”
¿Por qué una persona se convierte en terapeuta? ¿Por qué decide ayudar a otras personas? ¿De dónde viene la necesidad de sanar o curar a otros? ¿Influye la dinámica de la familia de origen del terapeuta? ¿Hay factores temperamentales que contribuyen a esta elección?
Algunos autores refieren que las personas dedicadas a ser terapeutas tienen una historia personal donde cuidaron de su familia, por lo que, de una manera “natural”, están entrenados para ver la vida desde la perspectiva del otro. Pero al sintonizar con los otros, los terapeutas tienen a menudo una gran dificultad para atender sus propias necesidades emocionales. Por otra parte, también se ha observado que en la historia familiar el “futuro terapeuta” actúa muchas veces como el “salvador”, el “mediador”, el “conciliador”, el “hijo parental”, el “desviador del conflicto”, el “vocero”, el “emergente” o el “chivo expiatorio”, por mencionar algunos de los papeles desempeñados por niños y adolescentes sensibles y empáticos.
¿Cómo se va formando esta representación interna de “salvador”?
Una manera de verlo sería de acuerdo con la teoría de las relaciones objetales. Slipp describe ciertas familias con un estilo de relación que llama “patrón simbiótico de supervivencia”, el cual propicia los papeles de "intermediario" (objeto bueno), “chivo expiatorio” (objeto malo), “salvador” (sujeto bueno) y “vengador” (sujeto malo). Estas familias se caracterizan por la imposibilidad de integrar las representaciones buenas con las malas, y cada uno de los miembros necesita controlar la conducta del otro y se siente controlado por la responsabilidad que siente por los demás. La posibilidad de diálogo y de resolución de problemas entre ellos es mínima. Necesitan entonces de terceras personas sobe las cuales proyectar introyectos escindidos del self o del objeto, buenos o malos.
Otra manera de verlo parte de las historias que el terapeuta se cuenta a sí mismo y el “relato dominante”, en el que el terapeuta se vive efectivamente como “salvador” de los demás.
¿Y si esta premisa cognitiva de “salvar o sanar a los demás” se convierte en una creencia rígida? ¿Y si esta creencia confirma la omnipotencia y el narcisismo del terapeuta de tal manera que pierde la dimensión en el cuidado de sí mismo? ¿Y si el terapeuta es incapaz de marcarle límites a sus consultantes, de tal manera que invaden su espacio privado, sea física o simbólicamente? ¿Y si el terapeuta no escucha las señales de su cuerpo que le indican que está cansado y debe descansar, relajarse y dormir? ¿Y si no registra que el horizonte clínico ya se rebasó y empieza a presentar algún síntoma? El terapeuta también se enferma. El instrumento de trabajo del terapeuta es nada menos que su persona. Si el cantante de ópera cuida su voz; el futbolista. sus piernas; el pianista, sus manos; ¿cómo cuida el terapeuta de su persona? Esto nos conduce a un punto de horror en el proceso terapéutico: la incongruencia.

La incongruencia
Si coherencia y congruencia son dos atributos que se espera encontrar en las personas “sanas”, podríamos suponer que son también lo que un consultante esperaría de su terapeuta.
La congruencia tiene que ver con la "belleza del ser siendo”, con la lealtad a uno mismo, traducida en acciones oportunas y convenientes; con la libertad de escoger las conductas sin sentirse culpable de la decepción de los otros.
En el espacio intersubjetivo del proceso terapéutico, terapeutas y consultantes están inmersos en el juego de las contradicciones e incongruencias.
Los terapeutas se refieren con frecuencia a los dobles “mensajes”, cuando queremos hablar de la incongruencia, lo que quiere decir, usando el enfoque comunicativo de Watzlawick, que el emisor envía simultáneamente un mensaje verbal -digital- y un mensaje no verbal -analógico- que van en diferente dirección y confunden. Sin embargo, hay que diferenciar los dobles mensajes de los mensajes contradictorios que causan enojo e indignación en el receptor, ya que la contradicción se da en el mismo nivel: dos mensajes verbales o no verbales, que se contradicen claramente entre sí. Estos dos mensajes contradictorios, a diferencia de los dobles mensajes, no pueden ser considerados como incongruentes.
¿Y si los dobles mensajes los trasladamos al terreno terapéutico? ¿Y si las intervenciones del terapeuta van en una dirección y las acciones que reflejan su ideología y filosofía de vida van en otra dirección que contradice la anterior?
Todos los seres humanos emitimos periódicamente dobles mensajes, lo cual no sería un horror. Se puede convertir en horror si no se permite la metacomunicación, si no se puede hablar y si no se pueden aclarar los mensajes.
¿Y si en el proceso terapéutico se pudiese presentar la situación denominada “doble vínculo”? Recordemos los ingredientes (Bateson, 1969):
1. Dos o más personas.
2. Una experiencia repetida en una relación significativa.
3. Una consigna primaria negativa.
4. Una consigna secundaria, que contradice a la primera en un nivel más abstracto y cuya desobediencia implica un castigo o señales que amenazan la supervivencia.
5. Una situación terciaria que impide a la víctima escaparse del campo.
6. Una vez establecida la secuencia, una sola parte de ella puede desencadenar pánica, confusión, rabia o desesperanza.
Reflexionemos un poco y pensemos si en ciertas circunstancias estos elementos pudieran estar presentes. La relación terapéutica es una relación significativa, muy intensa, donde se establece un vínculo emocional importante, vínculo que pudiera llegar a ser en algunos casos de supervivencia, por lo menos para el integrante más vulnerable.

Transgredir los códices éticos
- Todo grupo social elabora códigos éticos para sus miembros.
- Hay conductas permitidas, conductas que no lo son y ameritan sanciones.
- Los códigos éticos están formulados tanto de manera verbal como escrita por el grupo y están íntimamente relacionados con valores y creencias que varían de cultura a cultura, es decir, estos códigos son construcciones sociales que pueden funcionar como mecanismos de control y cooperación.
- El ser humano no nace como persona moral, se va haciendo moral. Nace dentro de una cultura, un mundo de significados y valores que progresivamente irá aprendiendo.
- Los valores culturales son criterios generales y abstractos respecto de lo posible, lo deseable, lo debido. No son juicios de la realidad, por lo que no pueden ser verdaderos o falsos, sino que son los cimientos sobre los cuales se construye la realidad. Las creencias son afirmaciones de la realidad de una persona o de un grupo. La ideología es un sistema de valores y creencias, en su mayor parte inconsciente, lo cual lo vuelve aun más resistente a todo análisis crítico.
- Este sistema de valores y creencias se concretiza en códigos éticos de conducta.
- Los horrores de la sociedad y de la práctica terapéutica nos llevan a preguntarnos, ¿es la solución elaborar códigos éticos y legales más estrictos, severos y rígidos?, o ¿debemos mirar hacia otra dirección, es decir, hacia la ética?

La Ética
Lo que conocemos como "códigos éticos” están basados más bien en lo moral. J.A. Marina (1999) distingue entre moral y ética.
Moral procede de mos, que significó principalmente "costumbre", pero también "sentimiento" y "carácter”.
Ética procede del griego y se usó para designar el “carácter” o “modo de ser” de un hombre, adquirido por hábitos.
Todas las morales históricas son el resultado de un largo proceso de sedimentación. Podemos interpretar cada momento histórico como una advertencia: esto es lo mejor que se le ha ocurrido a esta cultura.
Francisco Varela, reflexiona sobre la diferencia de la moral y la ética. Para él, la ética está más cerca de la sabiduría que de la razón, más cerca de llegar a comprender lo que es el bien que de juzgar correctamente situaciones concretas. Varela enfatiza la distinción entre las filosofías que se concentran en “hacer lo correcto” definiendo los contenidos de la obligación, y las filosofías del “ser correcto” que defienden la naturaleza de la vida correcta. Actuar bien, respetando todos los códigos del grupo del que se forma parte, no es equivalente a ser una persona sabia -o virtuosa-, que es “aquella que sabe lo que está bien y lo hace” (Varela, 2003).
Varela cita a Mencio, un seguidor de Confucio del siglo IV a.C., quien enfatiza la diferencia entre “el hombre honesto del pueblo” y el “hombre virtuoso”. El “hombre honesto” se comporta bien para complacer al mundo. En cambio, la persona virtuosa prospera en el crecimiento de su naturaleza buena. Las capacidades básicas existen y cuando se fomentan se convierten en cualidades. Para las personas virtuosas, el juicio moral se convierte en acción inmediata y espontánea. El “hombre honesto del pueblo” no actúa a partir de la ética. Su comportamiento surge de los hábitos, de la obediencia a patrones o reglas, obedece los códigos morales de su época. El hombre sabio, por el contrario, es ético. Sus acciones nacen de inclinaciones que su disposición produce en respuesta a situaciones específicas.
Varela insiste en no confundir comportamiento ético con juicio moral. Uno es el proceder correctamente y otro el saber lo que es correcto (Cfr. Platón decía que el hombre que conoce lo bueno, lo realizaría), entre las acciones espontáneas y el juicio racional.
Sobre la diferencia entre moral y ética, dice Heinz von Foerster (1991), depende de la posición que se tome: como espectador o como protagonista. En el momento en que surge la responsabilidad tenemos entonces la noción de ética…que contradice los principios ordenadores “tu debes”, y la reemplaza por el principio de organización “Yo debo”. El primero es el origen de los códigos morales; el segundo es el origen de la ética.
Von Foerster plantea que las decisiones serán sólo sobre lo “indecidible”, es decir, sobre lo que no se haya decidido, en libertad. El complemento a la necesidad es la elección, no el azar. Y con la libertad de elección somos responsables de aquello que escogemos. Las tres columnas de su postura son: elección, libertad y responsabilidad. Su imperativo constructivista sería: Yo debo actuar siempre como buscando incrementar el número total de alternativas.
¿Y cómo se adquiere esta habilidad ética?
Parece que las intuiciones morales del niño se hallan unidas a la comprensión de los sentimientos. (Sobre esto conviene tener presentes las “neuronas espejo”). Un niño que no reconoce la aflicción de otra persona, que no es capaz de ponerse en su lugar, tampoco comprenderá que la acción que ha provocado es mala.
La habilidad ética se va adquiriendo desde los primeros años de vida, como se adquiere el lenguaje. Primero con la obediencia a las órdenes externas y después con la obediencia a sus propias mociones, ajustándose al modelo social por las razones que sean: complacer a los padres, sentirse querido, ser alabado, sentirse integrado e incluido en el grupo, no experimentar vergüenza o culpa, sentirse orgulloso, evitar castigos, etc. Este modelo es un proyecto de vida aceptado sin reflexión, como se aprendió el lenguaje. Hasta este momento estamos en el terreno de los códigos morales. Sólo cuando el modelo entra en crisis por alguna razón, y el ser humano se pregunta: ¿Por qué tengo que aceptar este modelo?, se puede entrar al terreno ético.
La ética sólo puede verse desde la primera persona del singular, desde mí mismo como sujeto que puedo cerrar significados, que quiero saber, conocer, desear y poder, que quiero escribir mi propia historia, capaz de cuestionar los modelos construidos socialmente para poder construir el propio, capaz de elegir el bien como algo que preserva el valor, la dignidad y el respeto del ser humano.

Pragmática, Ética y Estética
¿Requerimos de mayor cantidad de códigos morales? ¿Requerimos mayor vigilancia de la autoridad y sanciones más duras para los transgresores? ¿La mejoría de la humanidad viene de la mano con la vivencia de valores éticos? ¿Cuál es nuestra responsabilidad para combatir los “horrores”, no sólo en lo personal, sino en lo social y político?
Marcelo Pakman menciona tres tipos de parámetros para evaluar la pertinencia de una construcción de la realidad:
- Pragmático: Una construcción de la realidad se traduce en acciones concretas que se pueden observar.
- Ético: Deberá respetar la autonomía -subjetividad- y la función ecológica -no dañar al entorno-.
- Estético: El sentimiento debe ir del malestar al bienestar.
¿Estas tres dimensiones aplicadas a la psicoterapia pueden considerarse un antídoto contra los horrores?
- La pragmática implicaría el estudio de las teorías y técnicas terapéuticas.
- La ética, basada en la empatía y en la congruencia del terapeuta, privilegia la relación terapéutica marcándola con un sentimiento de respeto donde la máxima “lo primero es no dañar”, se convierte en el valor rector. 
Pero la terapia va más allá de la aplicación de teorías y técnicas en una relación de respeto.
- La terapia es arte. ¿Qué sería del hombre sin la belleza, la danza, la música, el ritmo, los colores, las formas, los olores, los sonidos, la sensación de armonía, de fluidez, de liberación, casi de éxtasis que se da cuando se produce eso que se denomina arte?
Cuando se conjuntan inteligencia y deseo en un acto creativo se puede experimentar este “fluir”. Pero ese flujo necesita la dirección de los valores, de lo que consideramos importante, de lo que queremos alcanzar, y así, volvemos necesariamente al terreno de la ética.
Entonces, ante la crisis moral de nuestro tiempo y el desgaste de los imperativos del éxito económico, del estatus social, del triunfo profesional, sorpresivamente la ética parece encontrar nuevamente su lugar para sostener nuestras frágiles existencias.
Concluye Marina (1999): La ética, “la más inteligente creación de la inteligencia humana” y la creación más importante, “será la que responda eficazmente a nuestro problema más complicado, que es vivir”.

El terapeuta y sus errores
Fortes de Leff, J. y otros
Trillas, México 2009

pp. 144-170 

lunes, 6 de octubre de 2014

Crear un espacio

Los tres caballeros del Rey Arturo se preguntaron ¿por qué es Arturo quien lleva la corona, si no tiene las habilidades que tenemos cada uno de nosotros?
El sabio Merlín les responde con unas metáforas: La araña que hila su telaraña con armonía y equilibrio en los hilos; y el maestro que dosifica los aprendizajes de cada uno de sus alumnos.
De igual manera, el rey Arturo -como los líderes- seguro de sus capacidades, dirige -conducere: guía conjuntamente- los talentos de sus súbditos.
El líder recluta personas talentosas y luego los coloca en el espacio apropiado para que luzcan sus capacidades.

Nick Owen
Más magia de la metáfora
pp. 112-117